De forma inesperada, la necesidad de un abrazo surge en mi interior y crece. Esa necesidad imperiosa de sentirme protegida otra vez, de que alguien más, alguien ajeno a mi dolor, levante con sus brazos la armadura que se desmorona lentamente a mis pies, a sus pies. Es en ese momento justo, ni antes, ni después. En cualquier otro momento carecería de sentido porque habría vuelto a amurallarme sola, como siempre. Es cuando la fuerza flaquea, cuando la máscara deja ver a la persona que hay detrás, que necesito que alguien se interponga entre los demás y yo. Que cuide de mi por unos segundos, solo un instante hasta recomponerme, pero es difícil confiarle a alguien esa cercanía que te deja a merced del otro y con la guardia baja.
Finalmente, me abrazo sola. Abrazo mi alma y arrullo a mi mente para que descanse y deje de atormentar a la otra con sus lastimosos pensamientos. Podría decir que estoy acostumbrada, pero lo cierto es que hay veces, momentos específicos, en que siento que el corazón se me encoje, que la angustia me invade y ya no hay lugar hacia donde correr. Y es ahí, cuando ya no hay tiempo y el escudo se hace añicos, que mi alma llora mientras en un intento desesperado trata de cubrirse tras una media sonrisa y una mirada llena de lágrimas.
04/01/12
Calira -.
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